lunes, 16 de octubre de 2006

NI UNA SOLA PALABRA

Tengo muchos conocidos por todo el mundo.
Ahora gracias a la red, a la web cam, a la banda ancha, puedo comunicarme con todos a cada instante. Me volví adicta a las preocupaciones de mis congéneres, mis allegados y mis alejados.

Hace un tiempo un chico de veintiún años que conocí por internet gracias a un comentario en otro blog, me mandó un mail preguntándome algo inquietante. Me dijo que había pensado en por suicidarse y que sólo yo le había dicho una palabra salvadora, en uno de esos chateos informales e intrascendentes que manteníamos de vez en cuando. Me pidió, por favor, que le repitiera esa palabra y que nunca cambiara.

No me dijo cuál era la palabra.

Busqué en mi diccionario personal cuáles son las palabras que más uso y que mejor me definen. encontré: "lechuga", "light", "francés", "chat", "tomate", "celular", "Francisco".

Traté de hacer un inventario de las palabras más útiles para un suicida. Las palabras, se entiende, que podrían haber salido de mi boca. Se me ocurrieron algunas frases macabras, pero ninguna palabra reconfortante. "pegate un tiro", "la vida no vale la pena", "si no tenés dinero y si sos feo, estás listo". No me salió la palabra salvadora.

Le mandé una respuesta breve y concisa. La palabra que usé fue "Gatuvelita"

No sé si me lo habrá agradecido o si realmente se suicidó. De esto ya hace dos meses y no tengo respuesta. El chico se llama (o se llamaba) Carlos Gigena y era de Río Cuarto, Córdoba.

lunes, 2 de octubre de 2006

CUANDO MAMÁ SE FUE DE CASA

Cuando éramos muy chicas, mi mamá se fue de casa con otro hombre.
Se fue a Estados Unidos con un tipo que la dejó embarazada. Por cuatro o cinco meses salieron y lo trataron de ocultar, aprovechándose de que mi papá trabajaba hasta tarde y que mi hermana y yo éramos muy chiquitas. El Benja todavía no había nacido.

Gatubellita y yo teníamos seis años, pero nos dimos cuenta de que pasaba algo raro. Mamá recibía llamadas y se quedaba una o dos horas hablando con voz sensual.
Una tarde en septiembre hizo las valijas mientras la mirábamos sin comprender y sin sospechar. Nosotras jugábamos en el patio. Ella iba y venía guardando ropa, alhajas, las fotos de nosotras, carpetas de cuando estudiaba psicología, libros, la multiprocesadora.
Esa misma tarde, cuando ya estaba oscureciendo, se fue dándonos un beso y sin demasiada explicación.
En ese tiempo no llorábamos mucho. No sabemos cómo se habrá enterado papá, pero de un día para el otro se quedó solo, con nosotras dos. Nuestra abuela nos llevaba a la escuela y nos hacía la comida, y preguntábamos cuándo iba a volver mamá pero sin mucha congoja ni expectativas.

Un día mi papá nos quiso contar qué había pasado y por qué mi mamá no volvía.
Dijo que se la habían llevado unos angelitos alados y que ahora dormía el sueño de Dios en un lugar hermoso y lejano. Papá no sabía hablarnos; se pensaba que porque éramos chicas íbamos a asimilar mejor una patraña con ángeles que la pura verdad.

A mamá la vimos un par de veces. Ella tuvo otras gemelas en Estados Unidos. Mi papá se volvió a casar y de esa relación nació el Benja.